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— Conversaciones Nº 02 · Septiembre 2026
Curro Novallas
Este mes me siento con Curro Novallas, en casa le llamamos Kurt.
— El presente
¿Cómo te sientes en tu cuerpo ahora mismo?
No siento que tenga recursos suficientes en mi cabeza para contarte cómo me siento en mi cuerpo. No sé cómo se habla del cuerpo.
— El colegio
¿Qué recuerdas del colegio?
Pues… era un colegio de curas, solo niños. Recuerdo muy bien cómo cada semana nos hacían confesarnos y nos preguntaban si nos tocábamos.
¿Y qué sentías tú con diez años cuando te preguntaban eso?
Nada. No recuerdo, es un recuerdo muy vago que vino a mi cabeza mucho tiempo después. En mi cabeza era algo normal. Una confesión, pues es normal.
Aquí entramos en el terreno de la nebulosa de la memoria, que es muy poco fiable porque uno la va concretando según crece. No recuerdo que fuera nada traumático en absoluto. Simplemente muchísimos años después caes en la cuenta y dices, ah.
Y hace muy pocos años salió en el periódico una denuncia por abusos en ese colegio. Contra uno de los curas de allí: el que casó a mis padres, el que me bautizó, el que me daba clases de religión. En su momento no le hicieron ni caso. Años después, cuando él ya estaba muerto y ella también, su hermana siguió persiguiendo el caso hasta que se demostró.
Eso no ayuda a la hora de pensar en el sitio como un lugar tranquilo, aunque haya pasado el tiempo.
¿Te causó algún bloqueo físico al llegar a la adolescencia?
No creo. No tengo esa sensación de que aquello me produjera absolutamente nada. Porque no creo que yo fuera de su gusto. Me imagino que a otros niños sí les pudo provocar otras cosas, si con ellos fueron más lejos.
¿Qué más recuerdas de ese colegio?
Pues que para educación física teníamos un profesor laico que nos hacía hacer el test de Cooper, que ahora está muy de moda.
— Las cicatrices
¿Tienes alguna marca en tu cuerpo que cuente una historia?
Bueno, tengo esta, mi rodilla izquierda, que me ha acompañado siempre. Creo que tenía... entre los seis y los ocho años. En esos años estaba viviendo en Jaén, en un chalet, en una callecita toda de chalets independientes que tenían un jardín trasero, al que se accedía bajando unas escaleras muy empinadas. En un momento dado, se decidió poner una separación con bloques de hormigón en el jardín,, como si fueran los bordillos de una acera. Y al otro lado de ese bordillo se plantó césped. Curiosamente, por lo que fuera, no se podía pisar ese césped, a pesar de que era parte del jardín. Y yo, un día, iba corriendo —quería ir al césped, supongo— y me tropecé, y aterricé con la rodilla directamente en ese bloque de hormigón. Debió ser profunda, porque recuerdo mucha sangre. Lo que nunca he entendido bien es por qué la cicatriz es tan redonda... pero bueno, está ahí, y recuerdo muy bien ese momento y de dónde viene.
Tengo esta otra, aquí en el brazo. Creo que es de bucear algún verano entre rocas y rasparme, buscando mejillones o algo así, en la Costa Brava. Y esta otra... creo que es muy posible que sea del Tibidabo, en Barcelona: había una atracción de toboganes que, a día de hoy, creo que es mi atracción favorita de todos los tiempos, de cualquier parque de atracciones, y en una de las curvas, para evitar salir despedido y estamparme contra la copa de un árbol —porque aquello estaba en la montaña— creo que puse el brazo. Y aquello era cemento pulido, o algún material muy abrasivo. Fue eso. Ahí podía tener ya 11 o 12 años.
— Lo que le gusta
¿Qué te gusta de tu cuerpo?
A ver... mis piernas. Aunque siento como si mis piernas me pudieran decir "pues no lo parece". Pero sí, me gustan, me gustaría tratarlas mejor y darles más amor.
¿Y cómo les darías más amor?
Moviéndolas más. Y dándoles más trabajo de resistencia también. Mis ojos también.
¿Qué ves en tus ojos que te guste?
Siempre me han parecido unos ojos muy despiertos y muy alerta.
Es una buena descripción. Están siempre en alerta.
Siempre. Pero alerta no es necesariamente algo relacionado con la autoconservación o la supervivencia. Es una alerta para no perderme cosas. Tiene que ver con la curiosidad y con las ganas de ver más.
¿Y qué no te gusta?
Pues, bastante a menudo, mi cerebro.
¿Por qué?
Bueno, al final mi cerebro es el que está ahora mismo hablando contigo, así que es gracioso decir esto de sí mismo. Pero está bien... Pues porque está muy compartimentado. Ha costado encontrar un equilibrio entre distintas fuerzas que generaban tensión, tirando cada una hacia un lado. Pero ahora parece que la fuerza que tira hacia la salud y una forma de vida más amable es la que finalmente se ha llevado el gato al agua. Porque me casé, tengo una mujer, tengo una hija. Y esa otra fuerza que te lleva hacia algo más negativo u oscuro pierde relevancia, porque tiene que ver con el deseo y con el ego. Justo esta mañana leía algo que han dicho los budistas desde siempre: que el deseo es el origen del conflicto en la vida. Y la paternidad implica, entre otras cosas, poner en pausa el deseo relacionado con uno mismo, y por lo tanto también desaparece el conflicto.
— Los gestos
¿Tienes algún gesto que sea solo tuyo?
¿Gestos?
Yo conozco uno: levantas una ceja, muchas veces al día.
Ah, claro, bueno, pero eso es un reflejo muy inconsciente. Pero no es "mío" “solo mío”, son cosas que uno va cogiendo de otros. Estaba escuchando un podcast de Rick Rubin con Robert Downey Jr., hablando de la identidad, y era muy interesante, porque con toda la tranquilidad del mundo decía que él se ve a sí mismo como un mosaico enorme, con cachitos de no sé quién, cachitos de tal... e iba nombrando todas las personas que tiene dentro, y ya está, lo sabe perfectamente. Es una manera de hablar de cómo, en realidad, la identidad como algo fijo y estable es una falacia. No existe. No es que yo "sea así"; es que no hay nadie que sea un monolito único. Lo único que es único es la receta, los ingredientes que tienes de otras personas combinados de una manera distinta. Esa combinación, imposible de replicar en dos personas, es lo que nos hace únicos a cada uno. Es una cuestión estadística, en realidad. No es nada espiritual.
— Si fuera deportista
Si fueras deportista de élite, ¿qué deporte elegirías?
Triatleta. Espera, ¿sabes cuáles son las tres disciplinas del triatlón?
Atletismo, natación y bici.
Ah, no, pues entonces no. Es que… no. Esquí. Sería esquiador.
¿Por qué esquí?
Porque para mí el esquí combina varias de las cosas que más me gustan: viajar, recorrer las montañas del mundo, y al mismo tiempo hacer ejercicio y comer sano, porque en la montaña se come sano. Es un estilo de vida. Como deportista de élite, el esquí, porque me llevaría a los lugares más bonitos del mundo.
— El dolor
¿Algún dolor que te haya enseñado algo?
Capsulitis adhesiva, y el supraespinoso deshilachado en el hombro derecho.
¿Cómo lo recuerdas a nivel emocional?
Pues que era muy coherente, muy consistente con dónde estaba mi cabeza. No necesariamente vinculado de forma directa con las circunstancias y con la depresión, pero sí se podría decir que fue una consecuencia de no cuidar el cuerpo, y el no cuidar el cuerpo está relacionado con la depresión. Al final, tienes lesiones.
¿Y qué te enseñó?
Me empujó lo que yo pensaba que era mi límite de tolerancia al dolor hacia un nivel completamente distinto.
Luego, cuando pasó, creo que me reubicó mentalmente con respecto al cuerpo. El cuerpo es frágil, hay que cuidarlo —lo damos por hecho—.
— Brooklyn
Cuéntame qué es lo más arriesgado que has hecho con tu cuerpo
Supongo que haber caminado a medio metro de una persona recién asesinada a machetazos, en una acera de Brooklyn, a las cuatro de la mañana. Mirar el cuerpo, que obviamente estaba muerto porque era imposible que no lo estuviera por el estado de su cabeza, y ver a la persona que lo acababa de hacer de pie al lado.
[...]
Y siempre, aunque hayan pasado 24 o 25 años, lo recuerdo como algo absolutamente animal. Todo muy instintivo, de protección. Un poco parecido a lo de los tiburones: los animales huelen el miedo, y cuando sienten que otro animal tiene miedo, su respuesta es atacarlo, porque lo consideran peligroso. Si tienes miedo, significa que me vas a hacer daño; el miedo amenaza. Así que sabíamos que teníamos que seguir caminando calle arriba como si no pasara nada.
[...]
En un momento dado, Nico dijo la frase que nunca se me olvidará, que he contado un millón de veces: "Che, no vamos a correr hasta que no sea necesario. Dale."
Recuerdo que me vino la imagen de una pantera. No sé por qué, de todos los animales, una pantera. Cuando Nico dijo eso, interiormente pensé: "es imposible que me cojan, soy una pantera." Estaba súper tranquilo. Caminaba viendo los coches aparcados cortando la esquina siguiente, y no me parecían un obstáculo: me veía saltando por encima, cogiendo impulso como Superman. Sentí una fuerza interior: "voy a correr, y si me disparan, pues ya está, habré caído, pero no será porque yo no haya sido como el viento." Concentrado, sintiéndome pantera, cargándome para la carrera— hice un chequeo del cuerpo: a ver cómo están las piernas, puedes correr, sí, puedes correr.
No hubo que correr. Seguimos caminando. No sabía muy bien qué había pasado hasta que llegamos al hotel.
Lo más trágico fue que no pudiste ser una pantera.
Me quedé con las ganas. Pero para mí fue un episodio muy revelador sobre el cuerpo, sobre la relación del instinto con el cuerpo. Cómo, de repente, sabes que tu cuerpo está ahí.
Esa sensación... un cuerpo liviano y disponible es tan importante.
Entre otras cosas tiene eso; la capacidad de ser súper rápido, de pesar poco, de tener movimientos veloces que respondan a lo que necesitas, a tu cerebro.
Eso con cuerpos que no son livianos, que no se mueven, que pesan, que acumulan horas de tensión en una silla y frente a un ordenador, esa respuesta inmediata se pierde. Y volvemos otra vez a nuestros ancestros, que estaban en constante movimiento.
Claro, se movían como panteras.
Para buscar comida, para evitar al que nos ataca, para proteger a los nuestros… el instinto animal y de supervivencia.
— La pantera
¿Y ahora qué vas a hacer para volver a sentirte pantera?
Es que se trata de volver a conectar cables que se han desconectado, para que uno no sepa de dónde viene la orden. Que el cuerpo esté actuando tan ágilmente que tampoco tengas que ser consciente de que el cerebro le ha ordenado moverse, sino que el cuerpo y el cerebro están conectados y se mueven siendo uno. Es lo que me pasaba: cuando pensaba en saltar por encima de los coches, no estaba pensando "mis piernas son fuertes", era yo un todo.
¿Y cómo vamos a volver a conectar esos cables?
Pues practicando. En mi caso, lo que he descubierto que ha sido la gran barrera: cada vez que he hecho un esfuerzo por ponerme en forma y he conseguido llegar a un punto en el que estaba fuerte, luego lo he perdido muy rápido. Y me ha resultado muy frustrante, muy muy frustrante, hasta el punto de que me había puesto una barrera: prefiero seguir así antes que volver a pasar por esa frustración por la que siempre paso cuando dejo de hacer ejercicio.
Es la maldición de Sísifo. La roca enorme que empuja montaña arriba y, cuando ya está a punto de llegar a la cumbre, no puede más y la roca lo aplasta y tiene que volver a bajar hasta abajo. Pero al final creo que lo que le pasa a Sísifo es que tiene miedo de descubrir lo que hay arriba, y de no saber cómo manejarlo, cómo aceptar que puede estar ahí, en plenitud de facultades.
Y ese es el tema. Si estar con el cuerpo sano significa que vas a disfrutar más de la vida y de tu gente, ¿por qué no lo estás haciendo? ¿Qué pasa? Cuando superas eso, ya haces las paces con tu cuerpo. Y sobre todo entiendes que tú eres tu cuerpo. Tienes el armario desordenado, pues tu cabeza está mal. Tienes el cuerpo desordenado, hecho un Cristo, pues tu cabeza está mal. Porque es lo que eres.
Entonces, ¿vas a volver a ser la pantera?
Sí. Voy a volver a ser la pantera.
Porque la sigo siendo. La pantera está ahí.