— Conversaciones Nº 01 · Agosto 2026
Siento que me llegó tarde, pero me llegó.
Este mes converso con Lola, una mujer guerrera, positiva, generosa y llena de vitalidad. Tiene más de 70 años, una historia de vida que atraviesa una carrera profesional exigente y exitosa, la pérdida de su marido y un cáncer de mama. Pero Lola siempre ve el vaso medio lleno y sonríe ante las adversidades. Hablamos de su cuerpo y el movimiento.
¿Cómo estás ahora, Lola?
Perfectamente integrada en mi cuerpo, maravillosamente bien. Esa es la realidad.
¿En qué lo notas?
Lo noto en que el cuerpo no me pesa. El cuerpo es ligero, lo llevo conmigo. Hago mi actividad y el cuerpo me acompaña. Afortunadamente no me duele nada, puedo disfrutar de mi cuerpo.
— La niña de ciudad
¿Cómo era la relación con tu cuerpo de pequeña?
Pues difícil porque yo creo que no tuve relación con mi cuerpo, prácticamente. Yo fui una niña de ciudad. Nací en una ciudad, crecí en una ciudad y me desarrollé en una ciudad. Y encima a mi madre le gustaba muchísimo ponerme guapísima con vestidos preciosos y llevarme a pasear. Entonces todo lo que hacía era pasear y sentir que estaba muy guapa porque era lo que todo el mundo me decía. Pero yo no sé lo que subirme a un árbol, tirarme al suelo, no sé lo que es correr.
Entiendo que no te sentías libre…
Cuando más libre me sentía era a la hora de acostarme o por la mañana cuando me despertaba, que mi madre me dejaba un ratito dar saltos en la cama con mi hermano. Pero yo tampoco he tenido juegos que incitaran el movimiento. Siempre he jugado con recortables, con muñequitas.
Tenías que estar quieta y sin ensuciarte.
Siempre. Dibujar, cocinar con mi madre… No he tenido esa libertad de pequeña.
¿Crees que era propio de la época?
Sí, de las niñas de ciudad porque yo veía otras madres que paseaban igual y si jugábamos pues no jugábamos a ensuciarnos. Yo no tenía ese sentimiento de libertad. Es más, a mí no me gustaba mucho jugar a eso. Yo prefería jugar a las tabas o a las piedras, o sea, sentada porque no tenía ese hábito. A mí nunca me gustó el deporte, de la gimnasia procuraba que me dieran certificados diciendo que no podía hacerla…
¿Cómo era la gimnasia en el colegio?
Se llamaba gimnasia sueca y era mover las piernas, mover las manos, los brazos y las caderas así. Poco más.
¿Había diferencia con los chicos?
Sí, mucha. A ellos se les permitía jugar, ensuciarse, incluso yo lo veía con mi hermano. Él sí podía ensuciarse, yo no. Yo iba a un colegio de monjas y solo de chicas, se nos educaba de otra manera.
— La adolescencia
¿Cómo vives la adolescencia en tu cuerpo?
La adolescencia la vivo como todo adolescente, como una revolución hormonal que cambia todo, lo cambia todo, pero frente al movimiento nada.
¿Seguías sintiendo falta de libertad en el cuerpo?
En realidad, como nunca había experimentado la libertad del cuerpo, no podía echarla de menos. Tu cuerpo va contigo, pero tu cuerpo no hace nada por ti y tú no haces nada por tu cuerpo. Yo empecé a generar posturas inadecuadas, andar con los hombros hacia abajo para que no se me notara el pecho, porque tenía bastante. Me protegía porque no quería que me mirasen. Y eso lo mantuve toda mi vida.
— El ballet, a los treinta
¿Cuándo empiezas con el movimiento?
A los 30 hay un salto importante derivado de lo que me gustaba, siempre me ha gustado en general el espectáculo y particularmente el ballet clásico.
¿Te hubiese gustado empezar de joven?
Se lo pedí a mis padres, pero tenía que salir media hora antes del colegio y las monjas dijeron que ni hablar, y mucho menos para eso, que cómo era posible que mi madre pensara en llevarme a ballet. Es que las cosas eran muy diferentes. Al cumplir 30 años sí me apunté a clases de Ballet. Estuve 5 años, y me encantaba.
¿Pudiste conectar entonces con tu cuerpo por primera vez?
En ese momento, sí. Ahí me di cuenta de lo que el cuerpo significaba, implicaba y cómo podías aprovecharlo. Pero la vida te lleva por los derroteros que te lleva, y tuve que dejarlo para seguir creciendo profesionalmente.
Ahí me di cuenta de lo que el cuerpo significaba, implicaba y cómo podías aprovecharlo.
— La vida profesional
¿Qué sucede a nivel corporal durante los años de toda una vida profesional tan exigente?
No tuve problemas corporales en un principio. No llevaba tacón muy alto, mi madre me decía que no usara mucho tacón porque no sabía andar. Lo que más me costaba era la espalda, no había sillones ergonómicos como ahora. Lo demás, el cuerpo no sentía que me limitara en lo más mínimo. Posteriormente, mucho más adelante, empecé a tener molestias en la rodilla. Y con la enfermedad de mi marido, que me obligó a estar inclinada mucho hacia la cama, llegó un momento que el cuerpo me pesaba y que sentía que lo arrastraba. Todo se me empezó a concentrar, somatizaba el dolor interno que me salía por todas partes. Ahí es cuando, tras fallecer mi marido, mi cabeza va a estallar y decido que tengo que hacer algo.
— Los sesenta
Tienes 60 años y tu cuerpo te pide ayuda.
Me dolía todo. Es entonces cuando descubro el beneficio del movimiento. Hacía pocos años que había empezado a popularizarse el Pilates, las clases eran caras, era algo elitista, pero decidí probarlo. Fue todo un descubrimiento para mí, porque mi mente se liberaba. Donde más lo notaba era en mi mente, no era en mi cuerpo ni en mis músculos. Necesité mucho más tiempo para que eso se reflejara en mi cuerpo, pero el beneficio fue muy rápido mentalmente. En poco tiempo se convirtió en una necesidad. Desde entonces nunca lo he dejado. 15 años.
— La enfermedad
Háblame de cómo se ha reestructurado tu cuerpo tras la enfermedad.
Estoy operada de cáncer de mama y tengo una mastectomía total, con lo cual me quitaron, no sólo la mama sino los dos músculos el externo y el interno, porque lo tenía bastante avanzado. Para hacerme la reconstrucción me dieron la opción de ponerme en silicona o hacerme un TRAM, que es abrirte el abdomen de un lado a otro y reconstruirte la mama con tu propia grasa. Para eso tuve que engordar 7 kilos porque yo era muy delgada y no tenía grasa. Prefería esa opción que meter silicona en mi cuerpo que no me hacía gracia. Engordé los 7 kilos y me operaron. O sea, que estoy cosida y recosida por todas partes. Tengo cicatrices, tengo músculos que no están en su sitio, que están puestos de otra manera, y han tenido que derivar venas y arterias para que tengan riego sanguíneo. De medicina no tengo ni idea, solo sé que mi cuerpo está muy tocado y muy recosido.
— Ahora
¿Cómo es tu rutina de movimiento ahora?
No puedo vivir sin moverme. Y moverme no es irme a dar un paseo, eso no me crea las hormonas esas que te hacen feliz, la serotonina que da la felicidad y te da el bienestar. Yo necesito ejercicio de verdad. Hago Pilates, Gyrotonic y gimnasia aeróbica. Lo que más me gusta es que soy capaz de sentir mis músculos, mi movimiento, de asimilarlo y de procesarlo en mi cerebro, que es muy importante. El cerebro ayuda. Cuando tú lo tienes procesado, cuando el movimiento no es rutinario, que no estás haciendo como hacía yo la gimnasia sueca, que aquello no valía para nada… Ahora el movimiento lo interiorizo en el cerebro, y el cerebro manda señales y recibe señales de tu movimiento y de tu cuerpo, y eso hace que tú te sientas bien en tu cuerpo y tu cuerpo se sienta bien contigo. Quizá por eso estoy tan estupenda.
¿Te sientes a gusto en tu cuerpo ahora, en casa?
Sí. Siento que me llegó tarde, pero me llegó. ¡Menos mal! Porque es importantísimo. Esto hay que fomentarlo desde la infancia y mantenerlo durante toda la vida, eso te va a ayudar, te va a sanar. A mí me ha sanado. Estoy en mi momento óptimo.
Ahí me di cuenta de lo que el cuerpo significaba, implicaba y cómo podías aprovecharlo.
— Lola